La Virgen María constituye una de las figuras más influyentes de la tradición judeocristiana. Su imagen ha trascendido los textos bíblicos para convertirse en un referente teológico, cultural y simbólico de primer orden.
María vivió en el siglo I d. C. en Galilea, región caracterizada por la presencia romana, tensiones sociales y una fuerte identidad judía. Nazaret, su lugar de origen según los Evangelios, era una aldea pequeña y su sociedad se caracterizaba por estructuras familiares patriarcales, importancia de la pureza ritual, expectativas mesiánicas diversas y fuerte tradición sinagogal y oral. En ese contexto, la figura de una joven judía comprometida con un artesano, José, encaja plenamente dentro de las normas sociales de la época.
Su biografía se basa principalmente en los Evangelios canónicos, Mateo, Lucas, Juan, y en algunas alusiones de los Hechos de los Apóstoles.
La tradición mantiene que sus padres fueron san Joaquín y santa Ana y puede afirmarse que era judía, probablemente hablante de arameo, que pertenecía a una familia de condición humilde y que su educación religiosa habría seguido las normas judías tradicionales.
No existen registros bíblicos directos acerca de su infancia pero los Evangelios de Mateo y Lucas coinciden en que estaba desposada con José, un artesano, no necesariamente solo carpintero; el desposorio era un contrato legal previo al matrimonio, indicando que María rondaba probablemente los 14–16 años, edad típica del casamiento femenino en la época.
Según Lucas, María recibió el anuncio de que sería madre mediante intervención divina.
El nacimiento en Belén, Mateo y Lucas, a donde fueron tras el edicto de empadronamiento ordenado por César Augusto, responde a la tradición que vincula al Mesías con la casa de David.
Los evangelios citan una huida de la familia a Egipto, posterior afincamiento en Nazaret y presentación en el templo a los doce años mientras que en la vida pública de Jesús aparece en las Bodas de Caná, acompañamientos ocasionales a su hijo y al pie de la cruz, lo que indica una relación estrecha y un rol activo como madre, aunque no protagonista pública.
El libro de los Hechos la sitúa con la primera comunidad cristiana en Jerusalén, donde vivió sus últimos años según la tradición oriental y en Éfeso, según la tradición tardía asociada al apóstol Juan.
Con el tiempo, la comprensión cristiana sobre María se amplió y sistematizó en varios conceptos doctrinales: en el Concilio de Éfeso, año 484, se definió como la Madre de Dios. En 1854 se promulgó el dogma de la Inmaculada Concepción según el cual fue preservada del pecado original y en 1950 el de la Asunción, que afirma que fue elevada al cielo en cuerpo y alma.
La figura de María ha tenido un impacto decisivo en el Arte (iconografía bizantina, madonnas renacentistas, arte contemporáneo…) en la Literatura (himnos medievales, poesía barroca, narrativa moderna), en la espiritualidad popular (advocaciones regionales, peregrinaciones, fiestas patronales, en la identidad social (símbolos nacionales, Guadalupe en México, por ejemplo) y movimientos comunitarios.
Por otra parte, la Iglesia católica admite como ciertas tres apariciones de la Virgen: en Guadalupe (Méjico), en Lourdes (Francia) y en Fátima (Portugal).
Su figura combina elementos maternos, espirituales y simbólicos que han influido en la construcción cultural de la mujer, la maternidad y la compasión.
En definitiva, se puede afirmar que la Virgen María es una figura que se sitúa en la intersección entre historia, tradición religiosa y cultura. Aunque la información histórica verificable sobre su vida es limitada, su presencia en las fuentes cristianas, el desarrollo teológico y su impacto cultural la convierten en uno de los personajes más significativos del cristianismo y de la historia de todas las religiones.