2 de Agosto de 2026
Domingo 17 del TIEMPO ORDINARIO - A
San Mateo (14.23-21)
EVANGELIO
En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan Bautista se marchó de allí en barca, a solas, a un lugar desierto. Cuando la gente lo supo, lo siguió por tierra desde los poblados.
Al desembarcar vio Jesús una multitud, se compadeció de ella y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren comida.
Jesús les replicó: No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer.
Ellos le replicaron: Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.
Les dijo: Traédmelos.
Mandó a la gente que se recostara en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos y se saciaron y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.
REFLEXIÓN
En el evangelio, se nos narra la actitud más profunda del Señor ante sus hermanos los hombres, especialmente los necesitados: Al desembarcar vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos”. La traducción no es totalmente exacta y puede debilitar el sentimiento de Cristo. Lástima en español, puede quedarse en algo superficial ante la vista de una situación desagradable de alguien o, incluso, en un sentimiento en cierto modo humillante para el otro y, por eso, decimos: no necesito tu lástima, sino amor, o justicia.
Pero el texto original griego es mucho más fuerte, profundo e involucra hasta el fondo a la persona de Jesús. Había que traducirlo como: se le conmovieron las entrañas, al igual que una madre encinta siente en sus entrañas a su criatura.
Por eso, los sentimientos de Jesús lo llevan a la acción curativa, a darse cuenta, después, de que la multitud necesita de comer. Y no quiere actuar solo. Desea que sus discípulos sientan lo que él y se comprometan en acciones concretas: Dadles vosotros de comer.
Dadles vosotros de comer. Es una frase que cada uno de nosotros debe oír como dirigida a él. Si queremos ser cristiano, cuando encontremos a personas que se encuentran en necesidad, debemos preocuparnos de ellas y hacer lo posible para poner remedio a sus necesidades.
9 de Agosto de 2026
Domingo 19 del TIEMPO ORDINARIO - A
San Mateo (14,22-23)
EVANGELIO
Después de que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo.
Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma.
Jesús les dijo enseguida: ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!.
Pedro le contestó: Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua.
Él le dijo: Ven.
Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: Señor, sálvame. Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?.
En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo: Realmente eres Hijo de Dios.
REFLEXIÓN
Los discípulos están en medio de la noche, lejos de la orilla, sacudidos por las olas y por un viento contrario. La oscuridad, el cansancio y el miedo los dominan. Entonces Jesús se acerca caminando sobre las aguas y pronuncia unas palabras que constituyen el centro del relato: ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!. Es significativo que antes de calmar la tormenta, Jesús quiera calmar el corazón de sus discípulos. Porque muchas veces la tormenta más peligrosa no es la que está fuera, sino la que llevamos dentro.
Pedro se atreve a salir de la barca y mientras mantiene la mirada fija en Jesús camina sobre las aguas. Pero cuando dirige su atención al viento y a las olas comienza a hundirse. Es una imagen muy cercana a nuestra propia vida. Cuando fijamos la mirada únicamente en los problemas, en los miedos o en las incertidumbres, sentimos que nos hundimos. Entonces, como Pedro, solo nos queda una oración sencilla y sincera: Señor, sálvame.
Jesús extendió inmediatamente la mano para sostenerlo. No lo reprendió primero, no lo dejó hundirse un poco más para que aprendiera la lección; lo sostuvo enseguida. Así actúa Dios con nosotros.
Dios no ofrece recetas mágicas ni elimina de golpe todas las dificultades. Lo que ofrece es algo mucho más profundo: su presencia. Por eso la gran noticia de esta liturgia es que nunca estamos solos. En el silencio de nuestras decepciones, en el dolor por las personas que amamos y en medio de las tormentas que amenazan con hundirnos, Cristo sigue acercándose a nuestra barca y continúa pronunciando la misma palabra: ¡Ánimo, soy yo, no tengas miedo!.
Homilias: Dominicos. org